VCF Latam 2026: Crónica

Llegué a Bahía Blanca un jueves. El primer VCF Latam — la edición latinoamericana del Vintage Computer Festival — abría al día siguiente, así que tuve la tarde para reconocer el terreno. Lo primero fue ir a Espacio TEC, en Thompson 665. Adentro había computadoras de varias épocas, varias funcionando: Apple Lisa, IBM, Commodores.

Ahí también estaba Clementina, la primera computadora científica de la Argentina, instalada en 1961 en la Universidad de Buenos Aires bajo la gestión de Manuel Sadosky. Verla en el primer VCF Latam era una declaración de principios.

VCF Latam 2026

El evento ocupaba dos sedes a pocas cuadras: el galpón de Bahía HUB y el museo en Thompson.

Bahia HUB

Lo primero que llamaba la atención era la cantidad de piezas que había: monitores CRT, teclados, datasettes, beeps de arranque, todo prendido al mismo tiempo.

Había una TI-99/4A funcionando con un cartucho FlashROM99 — la máquina rara de Texas Instruments de 1979, con CPU de 16 bits cuando todos los demás iban en 8, de vuelta a la vida sin tocar el hardware original. Atrás, un MSXvR — un MSX moderno, mantenido vivo por una comunidad que se niega a dejar morir el estándar. Más allá, un 6502 modular con cada subsistema en su propio bloque de acrílico azul: alimentación, ROM, RAM, bus, ACIA, CPU.

Estaba lo que esperaba encontrar y las sorpresas. Esperables: Commodores, Spectrums, Amstrads, Coleco Visions, una Atari 800XE. Sorpresas: una Toshiba HX-20AR, una HP 2621B, una consola Western Bar argentina (esa la tuve de chico), una Atari Touch Me, los anteojos 3D de Sega, un archivo histórico del software argentino con cintas y manuales.

David Crane

David Crane caminaba el festival como uno más. El co-fundador de Activision, el tipo que metió una selva, un personaje corriendo y un sistema de física en 4 KB en la Atari 2600, no estaba sentado en una mesa esperando turno para fotos. Estaba mirando los stands, conversando con los makers, preguntando qué hacía cada máquina. La filosofía con la que armó Pitfall! la sigue cargando: las restricciones fuerzan la creatividad. Pitfall! existe porque Crane tuvo que pensar más, no porque tuviera más herramientas. Y sigue diseñando juegos nuevos.

Compré uno de sus nuevos juegos, Rescue from Poseidon's Gate y lo firmó.

Carlinho Rienzi, de osolabs.tech, trajo la C20 — una computadora diseñada y construida acá, hoy, no en los años 80. La tenía prendida en su mesa, con el menú andando. Su charla en Nerdearla sobre el proyecto vale una nota aparte: cómo armar una computadora pensable de punta a punta, con criterio actual, sin dejar de respetar la lógica de las máquinas que la inspiran.

Roberto Trillo trajo calculadoras mecánicas de 1800. Máquinas que hacían cuentas antes de que existiera la palabra "computadora". Estaban prendidas, en el sentido de que se podían operar — manivela, ruedas dentadas, papel. Historia con botones que andan.

Hernán Wilkinson dio una charla titulada La historia también te da sorpresas. Las dio. Cada TI-99/4A funcionando, cada protoboard parpadeando un LED, cada Spectrum, cada calculadora era evidencia de que las cosas no desaparecen sin más. Persisten. Alguien las mantiene vivas.

Hugo Mazer

Hugo Mazer construyó computadoras argentinas. No como gerente ni curador, sino como uno de los que las diseñaron y fabricaron. Junto con Oscar Crippa reactivó la división electrónica de Czerweny en Paraná. De ahí salió la CZ-1000, una computadora con altísima integración de componentes nacionales. Y de ahí salió también la CZ Spectrum, el clon argentino del ZX Spectrum, la máquina que enseñó a programar a una generación de chicos en este país. Producían miles de unidades. Era real. Funcionaba.

En el galpón de Bahia HUB caminaba entre máquinas que habían salido de fábricas como la suya, hablando con gente que sigue construyendo cosas. Una CZ Spectrum prendida en una mesa de festival y, al lado, uno de los que la fabricaron.

Espacio TEC

El sábado, parte del festival se desplazó a Espacio TEC. El museo es la pieza que hace que todo lo demás tenga sentido — una sala donde las máquinas viven, donde te podés sentar a usarlas, donde la historia no está detrás de un vidrio. Cuando algo se rompe, se arregla; cuando algo no anda, alguien busca el datasheet y le cambia el chip. Y se nota: la gente que lo arma sabe lo que hace y lo hace por amor.

Ahí Seba Gurvitsch (@soy_gavilan) estrenó la primera parte de Fabricantes, ensambladores, clones, truchos y piratas, su documental sobre la historia oculta de la computación argentina: los clones, los truchos, las operaciones de ensamblaje local, la gente que mantuvo las cosas vivas cuando los canales oficiales ya no daban. La sala estaba llena. Cuando terminó, la gente se paró a aplaudir. Esa historia, si nadie la registra, se pierde. Seba la está registrando.

Charlando entre proyección y proyección con coleccionistas, makers, restauradores y profesores — gente que pasa una hora explicándote qué arregló y por qué importa que las cosas sigan funcionando — me cayó la ficha. Esto no era una convención de coleccionistas valuando sus cosas. Tampoco era una pieza de museo. Era un aula sin profesor designado, donde alguien trae una TI-99/4A funcionando, otro un FlashROM99, y tres mesas más allá hay alguien explicando por qué el estándar MSX, décadas después, todavía mueve a una comunidad que sigue construyendo máquinas para él. Algo parecido habíamos intentado decir con Edu en T3chFest, en una charla que llamamos Amigos de Grandes: las comunidades no se construyen, se arman contenedores y después la gente las habita. Espacio TEC es exactamente eso.



— Jassu · Bahía Blanca, abril 2026